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Tres Motivos Para Navidad

Christmas background

Era Nochebuena en la gran urbe. Las tres pequeñas figuras humanas se movían en fila india. Los dos niños hermanos, Roberto, de trece años de edad, y Ramiro, de once, caminaban en clara posición de protección, a la niña Blanca, de nueve años de edad. A las once y media de la noche de ese día, no era normal que tres niños de corta edad anduvieran solos por la calle… pero ellos creían tener sus razones.

Roberto, Ramiro y Blanca eran niños de la calle, esos pequeños que por diversos motivos abandonan sus casas para sobrevivir en la vía pública. Niños que huyen de sus hogares principalmente por la desintegración familiar, botón de muestra de una sociedad en crisis moral, ejemplo inequívoco del resultado de políticas erróneas en el fomento a la educación y a la unidad familiar. Niños de cabezas rapadas que muestran el ensanchamiento de la brecha entre pobres y ricos. La pobreza extrema conocida como miseria, el desempleo, los salarios de la sobrevivencia; en efecto, la escasa participación de las autoridades correspondientes para lograr familias unidas. Los tres niños provenían de familias que representan la calidad de las células en el cuerpo de la sociedad que forman los actuales gobiernos. Y al verlos luchando por sobrevivir en la conocida como jungla de asfalto, autoridades y gente pudiente los ignora para evitar sentimientos de culpa, en vez de tratar de reincorporarlos a sus familias.
Roberto y Ramiro habían escapado de su casa porque ya no aguantaron que sus padres se turnaran para golpearlos, desquitando en ellos las frustraciones de la pobreza y el hambre; y la calle, hasta el momento, les parecía un paraíso comparado con el ambiente familiar. La pequeña Blanca se había fugado de su casa al sentirse ignorada por su madre, una mujer divorciada que se encontró a otro hombre a quien una vecina definió como “un vividor bueno para nada”. Los tres pequeños llevaban ya un mes fuera de sus casas y se conocieron cuando otros niños de la calle intentaban obligar a la pequeña Blanca a inhalar cemento plástico. Roberto y Ramiro la salvaron poniendo una fuerte golpiza a la banda de drogadictos. Desde ese momento se consideraron sus protectores, los “agentes de seguridad” de la pequeña Blanca. Y en ese mes fuera de casa habían comido y dormido donde podían, donde les permitían.
En la calle todavía caminaban apresuradamente personas retrasadas en sus compras navideñas.
-Yo sé dónde disfrutaremos nuestra cena de Navidad, es un lugar muy lujoso –dijo Roberto chasqueando los dedos.
-¿Y en ese lugar no nos obligarán a lavarnos las manos? –preguntó inocentemente la pequeña Blanca.
Los dos hermanos rieron. Los tres pequeños continuaron su marcha hasta llegar a las puertas de un gran restaurante.
-Algún día entraremos por aquí, hoy vamos por atrás, conozco el lugar donde colocan los desperdicios de cocina –comentó Roberto mientras inició el rodeo al edificio-. Esta noche tendremos menú especial.
En la penumbra de la parte trasera del edificio localizaron los grandes botes forrados por dentro con bolsas de plástico negro. Por una pequeña ventana salían los aromas de los platillos y las risas de la gente que celebraba la Nochebuena.
Roberto y Ramiro empezaron a buscar en los botes de desperdicios su cena de Navidad. Les sorprendió encontrar el derroche de comida casi intacta; encontraron abundante ensalada verde, ¡una pieza completa de guajolote!, restos de bacalao y salmón, y sobras de lo que parecía un relleno para aves hecho de nueces, pasas, piñones y carne molida. En unos platos de cartón que encontraron en otro bote distribuyeron las porciones, colmando el plato de Blanca. Después, se sentaron recargados a la fría pared para acabar con manos y boca el contenido de los platos. El reloj de alguna iglesia cercana anunció con doce campanadas la medianoche.
De pronto, por el frente de la calle empezó a entrar una fuerte luz. Roberto y Ramiro de inmediato se levantaron y se colocaron en actitud defensiva, protegiendo con sus cuerpos a la pequeña Blanca. Roberto descubrió un pedazo de tubo junto a los botes de basura y lo tomó para utilizarlo como arma. Se sorprendió de lo intenso de la luz. “Seguramente es un policía con una lámpara muy potente –pensó Roberto-, pero, ¿por qué esa luz que crecía y se acercaba no lastimaba los ojos?”
La fuerte luz se acercó lo suficiente para tomar forma humana. Los niños no podían distinguirle aún el rostro. El Hombre levantó las manos con las palmas hacia arriba, hasta la altura del pecho, y preguntó con la voz más dulce que nunca antes habían escuchado los niños:
-¿Por qué están ustedes aquí? –Y repitió ahora con un tono de tristeza-. ¿Por qué están ustedes aquí?
Roberto, Ramiro y Blanca quedaron paralizados por la voz, por las palabras. Roberto soltó el tubo porque de inmediato supo que ese hombre no les haría daño. Al verle las manos abiertas descubrieron que no llevaba ninguna lámpara, y Roberto se volvió a preguntar: “¿De dónde sale la luz, y por qué no daña la vista?”
Sólo cuando la luz iluminó el rostro, sólo cuando se encontraron con esos ojos de mirada indescriptible, sólo cuando vieron la larga cabellera y barba de El Hombre, sólo entonces comprendieron ante quién estaban. Con la piel de gallina y los ojos muy abiertos, los tres niños alcanzaron a balbucear:
-Tú eres…
-Sí, hace muchos años, en una noche como ésta vine al mundo para dar un mensaje de amor y de paz a la humanidad. Hoy, ustedes han hecho que regrese para pedirles que vuelvan con sus padres. A sus hogares.
-No queremos volver, nosotros ya no tenemos padres –dijo Roberto desafiando la petición de El Hombre.
-En verdad les digo que aquellos que perdonan serán perdonados; en verdad les digo que aquellos que aman serán amados. Sus padres, esta noche de amor y de paz, están llorando preocupados por ustedes. Han reconocido su falta de atención como consecuencia de los días que vive el mundo. Ahora ellos están sufriendo porque ignoran su paradero. Roberto y Ramiro, su padre ha encontrado trabajo y su madre ha podido comprar lo suficiente para cenar hoy. No los decepcionen. Blanca, tu madre ha dejado a ese hombre, sólo vive para encontrarte y pedirte que la perdones. Ahora, denme sus manos, yo los llevaré en este momento hasta sus casas.
Los niños sollozando se acercaron con las manos extendidas hacia El Hombre. Cuando los cuatro estuvieron tomados de las manos, la luz se intensificó y, súbitamente, como fusionándose en la muestra de una gran energía, la luz se convirtió en una pequeña estrella que subió al cielo y se dirigió a los hogares de unos padres desconsolados.

Por Rafael Lobato Castro

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