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Autobiografía de un Jaguar

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Soy un jaguar, uno de los seis felinos salvajes que todavía sobrevivimos en México, además del puma, del jaguarundi, del ocelote, del tigrillo o tecuán y del lince o gato montés. Mi nombre viene del vocablo indígena ‘jaguara’, que significa ‘el que mata de un salto’. Escribo mi biografía a petición de todas las especies animales del país que estamos en peligro de extinción.

Quiero que las siguientes líneas sean consideradas seriamente como un llamado de alerta para los humanos, ya que su pasión por matarnos con todas las ventajas a su favor, por la alta tecnología en armas, casi nos ha llevado al exterminio total.

El borrego cimarrón, el mono araña, el tucán, la tortuga carey, el manatí, el halcón peregrino, y yo, también tenemos derecho a la vida, por eso quiero hoy relatar mi historia.

Mis hermanos y yo nacimos prematuramente. Mi madre escapaba de un cazador y sus perros sabuesos, que la habían acorralado en un alto risco sin salida. Su única escapatoria fue saltar al vacío. Las grandes y tupidas ramas de unos árboles amortiguaron su caída, sin embargo, los golpes adelantaron el parto. Fuimos tres cachorros, dos machos y una hembra, yo fui el último en nacer. El número fue raro porque normalmente el nacimiento es de dos productos después de cien días de gestación; pero como dije anteriormente, nosotros nacimos con anticipación a los 93 días.

Los raspones y el dolor por los golpes de la caída no fueron motivo para que nuestra madre descuidara el amamantarnos y protegernos.

Al cumplir yo el año y medio de edad y después de haber aprendido las estrategias para cazar, abandoné junto con mis hermanos, a mi madre, para buscar la comida por mi cuenta y riesgo. Sin pecar de presumido, debo mencionar que la fuerza, eficacia, velocidad, astucia y coordinación de movimientos se unen en los de mi especie para hacernos una perfecta y natural máquina cazadora. Los jaguares somos de hábitos nocturnos, es decir, durante la noche salimos a buscar la comida y durante el día dormimos. Nuestro principal alimento son los tapires, jabalíes, ciervos y grandes roedores y, en ocasiones, le entramos a los peces y una que otra iguana.

Se nos ha hecho mala fama porque dicen que atacamos al ganado doméstico, cuando es el humano que ha atacado nuestro hábitat; además, que somos asesinos de hombres, cosa absurda y con ese pretexto han acabado con casi todos los de mi especie. En realidad somos una presa codiciada por cazadores que trafican a nivel internacional con nuestra piel, la que entre los humanos es muy codiciada por bella. Mi piel es de color amarillo, más oscura en la parte superior y de tono más claro en la inferior, llena de manchas negras en forma de rosetas. Algunos jaguares, al igual que el leopardo, tenemos la piel negra, por un factor genético, es entonces cuando nos conocen como panteras. Y por esta tontería de la codicia humana nos acaban, pretendiendo los hombres demostrar con la posesión de nuestra piel una posición social, un lucimiento personal, un trofeo que para los humanos es motivo suficiente para acabar con la fauna silvestre. Los antiguos mayas nos tenían mucho respeto, ellos nos llamaban ‘balam’.

Tiempo después supe cómo murió mi madre. Vagaba por la noche en busca de alimento, y ella resultó ser la presa. Sin darse cuenta de lo que pasó, cayó muerta por un rifle de alto poder con mira telescópica de rayos infrarrojos que sirven para ver en la oscuridad; seguramente sintió la bala antes de escucharla porque el sonido viaja a menor velocidad. En las corridas de toros por lo menos la lucha es más pareja, el toro de lidia tiene más oportunidades de contraatacar. Además, se nos caza simulando el rugido de un macho entrando al territorio de otro, para atraernos al querer expulsar al invasor de nuestra especie. Ahora, la piel de mi madre cubre los asientos de un lujoso auto de un político de alto nivel. La suerte de mis hermanos no fue mejor. Mi hermano es un jaguar disecado en la sala de trofeos de un policía aduanero. Mi hermana, es decir, su bella piel, forma parte del vestuario de una conocida vedette del país.

Como buen nadador que soy, he sobrevivido escondiendo mi rastro al meterme en arroyos y ríos. Estoy en busca de una compañera porque mi instinto me dice que lo más importante que tengo que hacer es perpetuar mi especie reproduciéndome. Debo encontrarla antes que el hombre. Es mi última oportunidad y si es necesario moriré en el intento. Mis hijos, al igual que los del hombre, también tienen derecho a nacer y a vivir.

Por Rafael Lobato Castro

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